


Mil y una historias para 'La noche en blanco' en la Villa de Madrid

Sábado 23 de septiembre. Cae el sol y empieza la noche más cultural de todo el año: 'La Noche en Blanco'. Surgida en París en 2002, esta iniciativa ha contagiado a otras capitales europeas a través del programa 'Noches Blancas Europa': Roma, Bruselas, Riga y ahora Madrid. Aunando cuatro conceptos clave, ciudad, noche, cultura y gratuidad, y la buena disposición de más de 200 entidades públicas y privadas, el resultado fue una demanda masiva y una oferta inabarcable.
Desde que el Alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, diera el pistoletazo de salida a las 21.30 horas con un espectáculo pirotécnico en la plaza de Cibeles, se iniciaba la cuenta atrás: 9 horas para que la ciudad disfrutara de la danza, la literatura, el teatro, la arquitectura… Toda la cultura de Madrid vivía su jornada de puertas abiertas. La oferta no fue mucho mayor de la que es habitual en la capital, lo que sí fue diferente fue el formato: cultura en bloque, gratuita y nocturna. Una alternativa de ocio diferente a lo que están acostumbrados los madrileños que dejaron los parques y discotecas para emborracharse, por esta vez, de cultura.
Mil y una posibilidades se presentaban ante sus ojos y muchos partieron de casa con imposibles recorridos marcados para exprimir la noche al máximo. Tras haber realizado este gran esfuerzo de selección, otro se planteaba una vez en la calle: sortear las grandes barreras de movilidad de esta gran urbe. Brillante fue promover que se dejara el coche en casa, aunque no tan brillante resultó la propuesta del Ayuntamiento. Se habilitó una línea de autobuses para la ocasión, que poco reforzó la movilidad con la Plaza de Cibeles colapsada (cabecera de las líneas nocturnas) y el suburbano cerrado. Saciar la sed por redescubrir la cultura de la capital fue misión casi imposible.
Otro gran problema para disfrutar de la noche fue la larga espera ante ciertos sitios neurálgicos. Más de dos horas invirtieron los que quisieron conocer lo que esconde el Teatro Real tras su telón. Muchos fueron los que se quedaron sin disfrutar de los conciertos de jazz del Círculo de Bellas Artes, y varios emplazamientos, como la Torre de Madrid, tuvieron que prolongar su horario para satisfacer a los que con paciencia aguardaban su turno. Y es que numerosos espacios secretos para el gran público y reservados para el uso privado, como el Palacio de Longoria, sede de la Sociedad General de Autores, o los jardines del Palacio de Buenavista, que alberga el Cuartel General del Ejército, se dejaron conocer. Uno con danza, música y cine, y el segundo con un espectáculo coral. Otros lugares revelaron su existencia a través de los folletos del Ayuntamiento. Tal es el caso de la Real Academia de las Bellas Artes de San Fernando, un lugar brillante en el pasado por congregar a la más selecta intelectualidad española, que cayó en el olvido para la gran mayoría, y que esa noche se mostró ante unos 5.000 visitantes.
Y es que no es cierto que la gente en España no se sienta motivada con la cultura. La verdad es que más de 10.000 personas visitaron el Museo Thyssen, otras 8.000 el Museo Arqueológico y unas 14.000 se pasearon por el Jardín Botánico disfrutando de la apuesta de éste por la lírica. Eso sin contar la masiva asistencia a los conciertos al aire libre ofrecidos en el Templo de Debod o en la calle Fuencarral. Las cifras demuestran que no es la falta de interés la que separa la cultura del gran público. La base del problema deberá analizarse centrándose, tal vez, en la insuficiencia de la promoción (por la que todos los artistas, intérpretes y creadores luchan) y en los precios (que siguen elevándose pese a la caída del nivel adquisitivo medio). Quizá entonces la cultura deje de ser algo que descubrir para ser, sencillamente, algo que disfrutar.