


El próximo 7 de noviembre Estados Unidos elige una nueva Cámara de Representantes y un tercio del Senado. En algunos estados, los ciudadanos también votan a Gobernador.
En este momento, ambas Cámaras del Congreso están controladas por el Partido Republicano. Sin embargo, muchos analistas políticos y sondeos publicados predicen un cambio en la distribución de los escaños que podría llevar al Partido Demócrata a una mayoría que no ostenta desde 1994.
Los motivos del cambio de tendencia son variados: desde la difícil situación en Irak hasta la pérdida de poder adquisitivo por parte de la clase media, pasando por el descontento provocado por las sucesivas

decisiones en materia de seguridad que muchos ciudadanos ven como una coerción de sus derechos fundamentales.
El agujero negro de la ocupación en Irak se ha convertido en uno de los principales problemas que los candidatos republicanos afrontan, especialmente en los distritos en los que el resultado se prevé más ajustado. Algunos de ellos han llegado a solicitar al presidente Bush que no aparezca en sus actos de campaña, en un intento de distanciarse de la política de la Casa Blanca. Aquellos que siguen defendiendo al Comandante en Jefe ven cómo sus índices de aprobación e intención de voto caen de manera constante. Los escasos demócratas que se opusieron a la invasión desde el principio, como el senador por Maryland Ben Cardin, publicitan el hecho como uno de sus mayores méritos de cara a su reelección. Apoyar la guerra podría significar, en algunas circunscripciones, decir adiós a las expectativas de ganar la carrera.
Por ejemplo, la anunciada intención de revisar los principios de la Convención de Ginebra en materia de técnicas de interrogación a prisioneros o la inflexible negativa a establecer fechas para la retirada de las tropas de ocupación en Irak.
Se puede afirmar que estos comicios se han convertido en un referéndum sobre Bush, al igual que la consulta sobre la Constitución Europea en Francia adquirió el cariz de un voto a favor o en contra del presidente Jacques Chirac. Por primera vez en cinco años, amplios sectores de la población cuestionan la bondad y los motivos de las acciones del gobierno. La política del miedo pierde efectividad.
Sea cual sea el resultado que emerja de las urnas, una cosa está clara: Estados Unidos está despertando del largo letargo en que se sumió tras el 11 de septiembre de 2001.
El resultado de las elecciones legislativas tendrá, con toda probabilidad, un gran impacto sobre el carácter de la política exterior estadounidense durante los dos años que restan para que finalice el segundo mandato presidencial de George W. Bush. Especialmente si los Demócratas se hacen con el control de ambas Cámaras. Dicho vuelco supondría para Bush la pérdida del apoyo casi incondicional de un poder legislativo que durante los últimos años ha apoyado la gran mayoría de las acciones promovidas desde el Despacho Oval. Un Congreso hostil obligaría a la actual Administración a moderar algunas de sus iniciativas más controvertidas.
