


LAS PIEZAS DEL PUZZLE BOLIVARIANO
Juan Torres López
Las mayores dificultades para poder establecer puntos de acuerdo acerca de lo que realmente está ocurriendo en la Venezuela bolivariana de nuestros días provienen, sin duda, del conflicto de puntos de vista, de los intereses cruzados y del poder enorme de los medios de comunicación cuyos propietarios están directamente afectados por las medidas de gobierno que allí se toman.
Los medios y los grandes poderes oligárquicos que sintieron que se les expropiaba un país al que consideraban una propiedad más, han creado un entorno endiablado en donde no existe la ecuanimidad ni la serenidad necesarias para deducir los elementos objetivos que precisa el conocimiento riguroso de los hechos. Basta leer la prensa o ver los programas de televisión para comprobar que se difunden claves radicalmente diferenciadas que crean apariencias distintas de lo que es una misma realidad.
Los medios ocuparon el lugar de la oposición política y en lugar de proporcionar información se dedican a combatir al gobierno por todos los medios, manipulando la realidad según convenga a sus intereses en todo momento. La emisión de dibujos animados en abril de 2002 en lugar de informar a la población de que se estaba desmoronando un golpe de Estado debe pasar a la historia como uno de los grandes hitos en la historia de la manipulación de los medios de masas.
Pero aunque eso es un problema cierto que dificulta el hacerse una idea cierta de lo que viene ocurriendo en Venezuela no es solamente eso lo que ocurre. Es verdad, también, que la propia revolución es compleja y muy paradójica, llena de tonalidades que producen sombras que pueden confundir fácilmente al observador.
El proceso político es compulsivo y lo primero que no es fácil dilucidar es si ésta es una característica buscada para mantener una constante pulsión movilizadora, una componente deseada de la estrategia del cambio social, o si, por el contrario, es más bien una calentura y, por tanto, una auténtica herida abierta en el proceso que terminará provocando, en un futuro más o menos inmediato, el cansancio, el hastío y con ellos la deserción y la desmovilización.
En cualquier caso, el movimiento acelerado y compulsivo del proceso de cambio político, económico y social que se vive en Venezuela dificulta su conocimiento. Se suceden y muchas veces se superponen las estrategias, los horizontes se redefinen casi constantemente, a menudo, sin que hayan cambiado las circunstancias que justificaron los anteriores. En apenas seis años y casi sin solución de continuidad se ha pasado de proponer cambios de naturaleza realmente moderada, orientados a lograr equilibrios básicos en la vida política, económica y social del país y que en realidad no afectaban a la estructura esencial del capitalismo allí existente (aunque sí a la pauta de distribución y eso fue lo que inevitablemente lo hizo saltar velozmente hacia adelante), a orientarse hacia el llamado "socialismo del siglo XXI".
Por otra parte, en ese periodo se han producido cambios muy notables en la legislación y en el uso de los recursos. Su naturaleza es muy evidente e incluso sus primeros efectos, pero su complejidad y calado hacen que todavía sea casi imposible determinar su exacta profundidad, sus efectos reales a medio y largo y plazo, y, por supuesto, la sostenibilidad de los procesos en que se vienen basando.
La ausencia de una auténtica administración pública de los recursos hace que sea factible conocer el origen de los cambios pero mucho más problemático determinar hasta dónde han llegado verdaderamente y a quién han afectado de verdad. Eso es seguramente lo que contribuye a generar la contradictoria impresión que se tiene sobre lo que en realidad está significando la revolución bolivariana: muchos de los cambios no están todavía sino en su primitiva etapa de gestión conflictiva, siendo todavía meros proyectos de transformación social que no llegan a consolidarse como modificaciones reales de las estructuras sociales o económicas.
El problema, pues, es doble. La beligerancia política y mediática contra el proceso bolivariano siembra confusión y ruido pero sus propias debilidades internas y su desarrollo aún escaso impiden que pueda conocerse su naturaleza profunda y sus efectos reales sobre el bienestar social en la medida necesaria para generar en torno a sí todo el consenso y la confianza que sería deseable.
Eso significa que para entender la revolución bolivariana, si es que de verdad se la quiere entender y no sólo combatir o defender por encima de cualquier otra consideración, es imprescindible afinar muy bien la perspectiva, contemplar desde muchos ángulos lo que está ocurriendo, despojarse de prejuicios y analizar lo que sucede con la generosidad de quien es consciente de la limitación de su conocimiento y con el rigor de quien no sólo percibe en el otro aquello que le conviene.
Naturalmente, si eso es una tarea extraordinariamente ardua incluso para el observador externo y más o menos imparcial, podemos fácilmente imaginarnos en qué medida será difícil de practicar cuando quienes tengan que hacerlo sean los propios protagonistas o afectados por esos cambios. Y eso es lo que lleva a que la revolución bolivariana transcurra con protagonistas (no solo de la oposición sino incluso dentro de las propias filas que lideran el proceso) que se enfrentan a una misma realidad pero que es percibida como radicalmente diferente por cada uno de ellos: la peor condición que puede darse para que los seres humanos convivan pacíficamente y lleguen a entenderse.
Juan Torres es Catedrático de Economía Aplicada en la Universidad de Málaga
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