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Jueves, 9 de Septiembre de 2010
 

ALLÁ EN EL AÑO 711

Nicolás Guerra Aguiar

Cuando los árabes (con predominio de bereberes) dieron el salto a territorio peninsular allá por el siglo VIII jamás llegaron a conjeturar, imaginar o suponer que serían corresponsables intelectuales del desajuste Occidente-Islam e, incluso (según el ex presidente Aznar) que sus parientes actuales saldrían beneficiados del supuesto doble rasero que define las relaciones entre cristianos y musulmanes. O lo que es lo mismo, aquellos inconscientes resultan ser -mil doscientos noventa y cinco años después- sospechosos ante la Historia de las convulsiones ideológicas producidas estos días tras las reacciones al discurso de Benedicto XVI en Ratisbona.

Como un adelantado panhispánico, reflejo de capitanes que desde el reinado de los imperiales Reyes Católicos llegaron al Nuevo Mundo para cristianizar, civilizar, educar, modernizar y democratizar las rudimentarias estructuras sociales de pueblos recién descubiertos, el señor Aznar pronuncia una conferencia en el Hudson Institute de Washington (Bush muestra “aprecio a todos sus miembros” y les agradece su servicio al país), centro conservador. Como muestra, un botón: uno de sus directivos afirmó -antes de las elecciones que dieron la presidencia a Lula en Brasil- que el triunfo de su partido podría ser peor que los efectos económicos, pues un eje Castro-Chávez-Lula empujaría hacia la izquierda a otros países suramericanos y podrían aliarse con China, “Irak e Irán, países terroristas”.

Defiende don José María que España fue el primer país de Occidente invadido por el Islam en 711 (ayer, vamos), cuando los árabes conquistaron el reino visigodo de don Rodrigo. Aunque historiadores hay que afirman lo contrario, es decir, que no se produjo tal imposición por la fuerza sino que hubo invitación y que fueron aceptados libremente a causa de la guerra civil iniciada pocos años antes. Y que considerar la llegada como invasión fue –añaden- un invento de la Iglesia para encubrir su derrota ante los cristianos unitarios, seguidores del arrianismo. Pero lo cierto es que allí permanecieron hasta la conquista de Granada en 1492 por los Reyes Católicos.

Y tras su definición como partidario de Isabel y Fernando por tan importante y unificadora hazaña se pregunta el señor Aznar por qué Occidente -a pesar de los pesares- ha de seguir pidiendo perdón al Islam por las palabras del Papa ya que los árabes no han presentado formales disculpas por lo que hicieron sus ascendientes hace solo mil doscientos noventa y cinco años, en aquel 711.

Hoy, por suerte, no pueden alegar los musulmanes que no saben a qué pueblo islámico le correspondería pedir las excusas o exculpaciones históricas, toda vez que se conservan cientos de esqueletos árabes en territorio español lo cual, con rigor, permitiría realizar pruebas de ADN para concretar su procedencia. E, incluso, muy cerca de Granada se localiza un espacio geográfico -El Suspiro del Moro-, en el que con las técnicas actuales podríanse detectar sonoridades, ecos, sonsonetes y tonillos de aquella época y contrastarlos con los de musulmanes llegados en pateras a las playas granadinas.

Y, de paso, al mismo reino de Marruecos que retiró a su embajador en el Vaticano por las palabras del Papa (“Un Islam radical que está fijando la agenda mundial”, insiste el señor Aznar) podríamos echarle en cara para que la traslade al resto de los musulmanes toda la basura lingüística y consiguientes aplicaciones prácticas (agrícolas, matemáticas, musicales, físicas, arquitectónicas, estéticas, químicas, comerciales, administrativas, militares) que su fanática e irracional cultura legaron durante los ocho siglos de ocupación en España. Así, les devolveríamos más de cuatro mil palabras como aceite, alcalde, almacén, almohada, albóndiga, albornoz, alquimia, alambique, alcohol, talco, álgebra, cero, cifra, taza, jarra, albañil, alcoba, azotea, tabique, arroz, alfalfa, azúcar, aceituna, algodón, acequia, zanja...

Y si la mar está como un plato, podríanse aprovechar los viajes de Trasmediterránea para también devolverles construcciones arquitectónicas ajenas al espíritu imperial de los Católicos Reyes, unificadores de las tierras de España como guías de la misión universal que se encomienda a muy pocos países. Así, a la manera del Imperio británico en Egipto, Grecia y otros lugares, se remitirían –pero no con destino a Londres, como hicieron los ingleses, sino hacia el desierto- Alhambras de Granada, Cuartos de Comares, Alcazabas de la Vela, Patios de Leones, Generalifes, Torres del Oro sevillanas, Mezquitas de Córdoba, palacios de Aljaferías, yeserías, alicatados, cromáticas cristaleras, jardines, bañeras...

Tiene razón, pues, el “reyescatolicista” señor Aznar cuando denuncia la primera invasión -u ocupación- islámica de un país occidental, España. Que solo hayan pasado mil trescientos años del primer desembarco no es obstáculo para que la rememoremos y exijamos responsabilidades. A fin de cuentas, aquella del 711 es condenable por haber impuesto una cultura infinitamente superior a la existente en la sociedad visigoda. Y la Cultura, ya sabemos, ni es buena ni se recomienda, aunque su desconocimiento por parte del señor ex presidente lo lleva a declaraciones tan atrevidas como imprudentes. Ya ven: también tuvo vacíos nuestro Bachillerato Elemental y, de ser sospechosos, la Alhambra y el Generalife no se convertirán en una de las nuevas siete maravillas del Mundo tal como propone la organización suiza New 7 Wonders Foundation.

Nicolás Guerra es Catedrático de Instituto y profesor de Literatura

 

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