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Jueves, 9 de Septiembre de 2010
 

PERIODISTAS Y AMNISTÍA INTERNACIONAL

Nicolás Guerra Aguiar

Cuando los miembros europeos de la generación de los cincuenta no éramos ni tan siquiera un proyecto en nuestros progenitores, el pueblo guatemalteco había empezado a despertar a las ilusiones y a las creencias en una vida mejor, convencido de que aún eran posibles mundos en libertad y en el más escrupuloso respeto a las ideas.

Justo cinco años antes del medio siglo anterior, un hombre humilde y confiado en sus ilusiones políticas, sereno y cabal, éticamente impecable, había llegado al poder en la colonia llamada Guatemala. Creyó que el aval popular le permitiría enfrentarse a una tímida reforma agraria -para otros, peligrosa revolución comunista- cuyos primeros beneficiados iban a ser los campesinos, la esclavizada mano de obra de los feudales: así, sin precipitaciones, aquellos iban a convertirse en pequeños propietarios de parcelas agrícolas en manos, hasta ese momento, de la todopoderosísima United Fruit Company y de la media docena de familias aborígenes cuyos intereses engarzaban con los de la empresa norteamericana.

Como consecuencia de tamaña osadía hubo varios años de continuas luchas contra los autodenominados ejércitos de liberación, armados, pagados y adiestrados por EE.UU. en Honduras y Nicaragua. Pero también la Fruit Company ayudó en la medida de sus posibilidades: los aviones que en 1954 bombardearon varias ciudades y aldeas guatemaltecas habían sido vendidos a los rebeldes por el simbólico precio de un dólar cada uno. Así, se volvió a instaurar el orden debidamente regulado frente a las utópicas pretensiones de un pueblo que ansiaba la libertad y la autonomía o, tal vez, su dignidad.

En 1970 cayó en mis manos un libro (Poesía revolucionaria guatemalteca) impreso y editado en Vizcaya, que acabo de recuperar de la estantería. En él se recogen poemas del grupo SakerTi, jóvenes y maduros poetas de aquel país que aprovecharon la oportunidad de los nueve años de esperanzas para denunciar tropelías (Vi sepultar a un niño muerto / en una caja de cartón. / Sobre la caja había un sello: / "General Electric Company- / Progress is our Best Product"...), injusticias (Esos sí eran bueyes... / Tuve que venderlos / pero ¡qué remedio!, / al que nace pobre / le sale más cara / que al rico la vida) o cantar a la libertad (Cantemos al trabajo / y seamos, erguidos y alegres, sus esclavos, / pues él nos hace, nos hace libres).

Pero su esperanza murió cuando el general golpista de turno (¡la herencia española!) arrasó en las urnas con el noventa por ciento de los votos y se devolvieron las tierras a los señores feudales mientras las voces populares iban camino de las cárceles (Libertad: sígueme dando, / que yo te pago mis deudas. / Llévenme, pues, a la cárcel, / para que más libre sea).

Cincuenta y un años después, los corazones de los demócratas guatemaltecos continúan dolidos porque su Patria, su tierra, sus ilusiones, siguen siendo lo que siempre fueron, sueños, ilusiones, despertares a muy lejanos esplendores que se vuelven más distantes cuanto más parecen aproximarse. Y de los silencios impuestos con plomos, cárceles, desapariciones y asesinatos de padres bien sabe una periodista del mismo país, Marielos Monzón, a quien se le entregó en Londres el Premio 2005 de Periodismo de Derechos Humanos bajo Amenaza, otorgado por Amnistía Internacional Reino Unido.

Al recibido, la periodista tuvo palabras de apoyo para colegas guatemaltecos que tienen dos metas muy definidas pero, en rigor, muy peligrosas: la defensa de la información veraz y precisa a que tienen derecho sus paisanos y, paralelamente, la libertad de expresión.

Desde hace años, incluso desde las primeras edades en la vida, Marielos Monzón, periodista, sabe de la violencia y de las tragedias de Guatemala: su padre, cuando ella sólo tenía diez años, fue asesinado por escuadrones de la muerte, tal vez directos descendientes de aquellos que armaron la Fruit Company y el embajador norteamericano llegado al país en 1953. Su misión era clara, precisa, concreta: urgía imponer el orden de los intereses capitalistas en una tierra que necesitó lanzar a los vientos sus lamentos y agonías contenidos hasta el abortado mandato democrático de aquel iluso presidente, convencido de que la voluntad del pueblo iba a ser respetada.

Marielos Monzón y otros periodistas han denunciado las impúdicas violaciones que, día a día, siguen produciéndose en aquel país que dejó durante unos años hablar a los poetas con las palabras de nuestra lengua castellana y que lanzaron a los vientos protestas esculpidas en noches de horrores, regadas con sangre de cuerpos inocentes cuyo mayor delito fue creer que todos los pueblos son iguales. Y dicen las suyas que allí se siguen violando los derechos de los indígenas, que se sigue asesinando a mujeres previamente profanadas...

Pero también dicen que el Tratado de Libre Comercio aumentará la miseria entre los agricultores, mentira que, quién lo duda, no se puede consentir: la falsa acusación parece dirigirse al poderoso vecino norteño. A lo otro, oídos sordos. Pero culpar en vano no es correcto, afirman los impunes grupos armados. ¡Si es que no aprenden estos periodistas!

Nicolás Guerra es Catedrático de Instituto y profesor de Literatura

 

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