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Miércoles, 7 de Enero de 2009
 

LA REVOLUCIÓN DE FIDEL

Nicolás Guerra Aguiar

Aunque los primeros brotes separatistas se remontan a 1868, lo cierto es que la Guerra de la Independencia en Cuba se localiza -según los historiadores- a partir de 1895, cuando José Martí funda el Partido Revolucionario Cubano, el cual recibe ayuda de EE.UU., coloso imperial que desde muchos años antes ambicionaba aquellas tierras. Ya desde la época esclavista, grandes terratenientes cubanos miran con simpatías las ansias anexionistas norteamericanas, pues más que un país independiente en el que puede estallar alguna revolución en contra de sus intereses quieren ser una estrella en la bandera de EE.UU. Pero como este país no pudo adquirir la Isla comprándosela a España, apoyó las ansias de libertad de los cubanos de Martí, desconocedores de las auténticas intenciones del gringo.

Conseguida la derrota de España en 1898, EE.UU. instaura en Cuba (1902) -y a la manera de lo que van haciendo por ahí- gobiernos presididos por fieles defensores de sus intereses expansionistas y capitalistas; además, se reservan vitales espacios geográficos (la miseria humana de Guantánamo jamás ha sido propiedad de los cubanos). Así, y hasta 1932, se recoge en la Constitución isleña la denominada Enmienda Pratt, por la cual se les permitía la intervención armada en cualquier momento si sus intereses económicos y comerciales estuvieran en peligro... o se sospechara que pudieran estarlo.

Y, desde luego, la preocupación no obedecía a sentimentalismos de ningún tipo: las inversiones de EE.UU. en Cuba se precipitaron a partir de la supuesta independencia y pasaron de los cincuenta millones de dólares dos años antes a doscientos cinco en 1911, a mil doscientos en 1923...

En el año 52, a cuatro meses de las elecciones que podrían conducir a la victoria de los nacionalistas cubanos, Fulgencio Batista, ex sargento y ex jefe del Gobierno (1940-44), apoyado por interesados sectores políticos y económicos y por su implantación en las Fuerzas Armadas, da un golpe de Estado y se pone al servicio de los bienes norteamericanos. Persecuciones, asesinatos políticos, malversaciones, omnímodo poder yanqui y burgués conducen a la descomposición ética y económica del país en el que prostitución, juegos multimillonarios, corrupción, discriminación racial y saqueos se implantarán de forma generalizada: están en poder de los norteamericanos casi el setenta y cinco por ciento de la producción azucarera, el cien por cien de la producción de níquel, el noventa por ciento de la electricidad y de los teléfonos, el setenta por ciento de las refinerías, y poseen el veinticinco por ciento de las casas comerciales, de los hoteles, de las industrias alimenticias...

El uno de enero de 1959 el dictador huye de Cuba. Siete días después, Fidel Castro entra en La Habana. A los dos años, los servicios de espionaje norteamericanos (CIA) apoyan económicamente el desembarco en Bahía de Cochinos de profesionales de la guerra, mercenarios, apoyados también por el gran capital que se había refugiado en Miami tras la victoria de la Revolución castrista. Fracasado aquel intento de invasión, EE.UU. deja de comprarle azúcar y Cuba se acerca -por imperativos de supervivencia- a la hoy extinta URSS, la que también surtirá de petróleo a la Isla a causa del bloqueo económico.

Ésta es, muy en síntesis, la realidad de una nación, Cuba, que tuvo la gran desgracia de estar muy cerca de los intereses norteamericanos, del expansionismo imperialista iniciado desde 1835 y que ha llevado a aquel país a intervenir -con aliados o en solitario, con apoyo de disposiciones o por su propia decisión, al margen de condenas internacionales o de requerimientos de Naciones Unidas- en todos los lugares de la Tierra para cambiar gobiernos, imponer regímenes que defiendan sus intereses, para pisotear en nombre de la libertad las decisiones que muchos pueblos tomaron en democráticas elecciones. Así, están en la memoria -cronológicamente- otros países como México, Nicaragua, Puerto Rico, Filipinas, Honduras, Colombia, Panamá, República Dominicana, Haití, El Salvador, Bolivia, Perú, Tailandia, Corea, Irán, Paraguay, Guatemala, Líbano, Vietnam, Brasil, Indonesia, Argentina, Camboya, Laos, Uruguay, Chile, Angola, Granada, Libia, Irak, Somalia, Sudán, Afganistán, otra vez Irak...

Poco margen, muy poco espacio le dejaron a Fidel para que recuperara a su país, a la perla de las Antillas, con una Revolución que nada tenía que ver en sus inicios con veleidades socialistas, comunistas, marxistas o leninistas. Lo único que llevó a aquellos barbudos desde Sierra Maestra hasta La Habana fue el nacionalismo, el amor a la tierra, la necesidad de extirpar la tremenda descomposición que los intereses gringos habían instalado en Cuba. La trastienda norteamericana, el multimillonario prostíbulo en que se había convertido aquel país orgulloso, mezcla de blancos y negros, necesitaba no una limpieza a fondo: exigía una revolución. Pero hemos de plantearnos sin apasionamientos, con lucidez y prudencia, con la perspectiva histórica, si la realidad cubana es fruto exclusivo de sus dirigentes o, por el contrario, producto inexorable de una situación que no fue creada -ni ansiada- por ellos.

Ahora que la era Fidel parece llegar a su fin, estoy seguro de que Cuba y su Revolución hubieran caminado por otros caminos más flexibles y relajados, distendidos, más democráticos, de no haber tenido encima la todopoderosa bota del gringo que no entiende de amores a las independencias y a las libertades ajenas.

Nicolás Guerra es Catedrático de Instituto y profesor de Literatura

 

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