


CIUTADANS Y CIUDADANOS
Roger Xuriach Sánchez
Hace 70 años, Catalunya fue víctima de un intento de etnocidio. Afortunadamente, la lengua y la cultura de esta comunidad autónoma se resistieron a caer en un ostracismo irreversible. Durante más de 40 años, el catalán se suprimió de las calles, las escuelas, y el trabajo. Por suerte, una vez finalizada la dictadura, las cosas siguieron el cauce natural. La lengua catalana pudo ser restablecida con normalidad y en Catalunya ahora es una vía de comunicación más, que no la única. Y no es la única porque en Catalunya se habla también el castellano. En los bares, en el supermercado, en la calle, etc... En cualquier ámbito, incluso en los patios de colegio y pasillos de instituto, el castellano predomina de forma destacada. Señores, hablo catalán desde que tengo uso de razón, reconozco que en casa y en cualquier tipo de ámbito social mi primera palabra se contagia de vocales neutras, pero cierto es también que no puedo concebir una conversación con varios de mis amigos sin la ayuda de la lengua de Cervantes. Así es: soy bilingüe y orgulloso de ello.
Les cuento esto a colación de la entrada del partido político 'Ciutadans' en el Parlament de Catalunya. Esta formación, surgida a partir de una plataforma cívica catalana encabezada por diversos intelectuales, recogió nada más ni nada menos que 89.567 votos en las pasadas elecciones autonómicas del 1-N. Las papeletas convirtieron a este partido en la sexta fuerza política de Catalunya, otorgándole también la posibilidad de tener tres diputados en el 'Parlament'. Su programa ha monopolizado dos apartados: el claro rechazo al nacionalismo identitario (una hegemonía nociva para Catalunya, según cuentan) y la apuesta firme por el bilingüismo en la educación, la cultura, las instituciones y los medios públicos (porque el término 'lengua propia' es también un concepto nacionalista). Sin embargo, al líder de la formación, Albert Rivera, se le escapó esta frase para la historia: “Queremos poder sentirnos catalanes y españoles sin que nos llamen fascistas”. Directa, atrevida, contundente... y falaz. ¿Acaso hay un dedo acusador que señala con odio a los que deciden, de forma libre, sentirse identificados con ambas identidades? ¿Es que existe en Catalunya una persecución a todos aquellos que se sienten españoles? Seriedad, por favor. Desconozco si este cinismo está orquestado o no, pero lo cierto es que si lo que ansían desde su partido es fomentar la igualdad, no creo que este tipo de discursos sean el mejor ejercicio de tolerancia y sí un generador de crispación popular.
En cualquier caso, y recogiendo de nuevo el tema del bilingüismo, sabrá Rivera -nadador profesional como es- que una buena respiración es fundamental en este deporte. Pues bien, resulta que Catalunya se ha oxigenado a lo largo de su historia a base de un pilar inquebrantable por esencia: su lengua. Una lengua que ha luchado a capa y espada para ser reconocida y aceptada, divulgada y respetada. Conocerá Rivera también que esta lengua no ha necesitado pisar a otras para poder ser seña e identidad de una gran mayoría de ciudadanos catalanes. Al revés, aún siendo perseguida, denostada y vetada en múltiples ocasiones, nunca ha necesitado implantar hegemónicamente su uso. Por eso lamento profundamente que se cuestione un modelo lingüístico que nada tiene que ver con la imposición, la obligatoriedad o la sumisión. Que el bilingüismo está en la calle (y que a nadie debería molestarle), es una realidad. Pero que en un colegio público catalán se enseñe en castellano (por poner un ejemplo), una broma de mal gusto. Porque por esta regla de tres, si yo acabara viviendo en Madrid debería poder exigir una educación en catalán para mis hijos. Así que basta de hipocresía de pandereta. En Catalunya se ha defendido y se seguirá defendiendo una lengua, una cultura y una realidad política tan respetable como la que se defiende fuera de sus fronteras. Porque así lo han querido sus ciudadanos tanto en la era democrática como cuando se musitaba el catalán a escondidas durante la dictadura. Los gritos de 'Libertad, Libertad' que se escucharon en la sede de ‘Ciutadans’ al término de la jornada electoral no hacen sino evidenciar que el mensaje que han transmitido es tan ambiguo como dañino. Una cosa es no creer en el nacionalismo como concepto; la otra es no comulgar con los valores e ideales de uno en concreto. Mal irán los 'Ciutadans' si siguen por la senda de este victimismo insultante, más cuando cuentan con el respaldo de medios de comunicación no demasiado afines a la idea de una España plural. Les sugiero que se impliquen decididamente en todas aquellas partes de su programa que hablan de más justicia, más igualdad y mejores condiciones de vida para los ciudadanos. Pero que dejen de vender un mensaje que no se corresponde con la realidad de este pueblo.
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